Safo de Lesbos fue una las poetisas griegas más
importantes, pasó toda su vida en Lesbos, isla griega
cercana a la costa de Asia Menor. Creo la llamada «Casa de las servidoras de
las Musas». Allí sus discípulas aprendían a recitar poesía, a cantarla, a
confeccionar coronas y colgantes de flores... A partir de sus poemas se
suele deducir que Safo se enamoraba de sus discípulas y mantenía relaciones con
muchas de ellas. Todo esto la ha convertido en un símbolo del amor entre mujeres.
Todas estas afirmaciones son comprobadas en el fragmento 2D en donde Safo establece
una conversación con la diosa con la que más se identifica y tiene relación,
Afrodita. Esta le pide que le ayude con alguien a quien ama pero que no le ha
querido prestar atención, y cuando Afrodita dice «…aún sin quererlo» utiliza un
participio femenino: kouk ethéloisa, que refleja la existencia de un eros
homosexual en la vida de esta poeta. Pero el amor que refleja Safo no fue dado
a todas sus alumnas, no se trataba de una orgía ni mucho menos, ella amaba a
una especial de su corazón y le enseñaba importantes lecciones sobre el Amor.
La unión de lo terrenal con lo divino va muy ligado a Safo, pues esta mantenía
una estrecha comunicación con Afrodita, como ya hemos dicho, lo cual repercutió
de una manera notable en la personalidad de esta poeta. Podríamos describirla como
una mujer muy femenina, delicada y espiritual, que trascendió en la historia
gracias a esa naturalidad y pureza de sus versos.
Según el mito, Safo se suicidó desde la roca de Léucade lanzándose
al mar cuando su amor por Faón no se vio correspondido. Esta roca de la isla de
Léucade era, al parecer, desde donde se lanzaban con frecuencia los enamorados
para suicidarse. Otra versión afirma que Safo lo escribió como metáfora de una
decepción amorosa que tuvo con una de sus amadas, ya que en uno de sus
fragmentos se describe como alguien que ya ha llegado a la vejez, es «incapaz
de amar».
La oda a Afrodita es uno de los poemas más conocidos de
Safo. Además, tiene la particularidad de que es probablemente el único poema de
ella que nos ha llegado completo.
Himno en honor a Afrodita
¡Oh, tú en cien tronos Afrodita reina,
Hija de Zeus, inmortal, dolosa:
No me acongojes con pesar y sexo
Ruégote, Cipria!
Antes acude como en otros días,
Mi voz oyendo y mi encendido ruego;
Por mi dejaste la del padre Jove
Alta morada.
El áureo carro que veloces llevan
Lindos gorriones, sacudiendo el ala,
Al negro suelo, desde el éter puro
Raudo bajaba.
Y tú ¡Oh, dichosa! en tu inmortal semblante
Te sonreías: ¿Para qué me llamas?
¿Cuál es tu anhelo? ¿Qué padeces hora?
—me preguntabas—
¿Arde de nuevo el corazón inquieto?
¿A quién pretendes enredar en suave
Lazo de amores? ¿Quién tu red evita,
Mísera Safo?
Que si te huye, tornará a tus brazos,
Y más propicio ofreceráte dones,
Y cuando esquives el ardiente beso,
Querrá besarte.
Ven, pues, ¡Oh diosa! y mis anhelos cumple,
Liberta el alma de su dura pena;
Cual protectora, en la batalla lidia
Siempre a mi lado.
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